Friday, December 23, 2005

Pocos pescados, muchos casos...


En el Puerto San Antonio

Pocos pescados, muchos casos…

El Mercado de Productos del Mar de San Antonio tiene cincuenta locales comerciales. Todos con historias de personas, quienes los atienden día tras día y dan vida a uno de los lugares más típicos del primer puerto de Chile.

Por Fernando Olmos Galleguillos


Aunque es diciembre, la mañana de sábado está fría en San Antonio. El cielo con nubes y una llovizna débil parecen burlarse de los valientes hombres de mar que a las 6 de la mañana toman sus botes para salir de pesca.

Hay quince botes en el muelle Pacheco Altamirano. Doce están pintados de amarillo con rojo y otros tres de colores diversos. La mayoría tiene grandes motores en un extremo, pero otros son comandados a remos.

No todos los que viven en San Antonio trabajan en el puerto. Sólo un 15% de los empleos de esta ciudad de 100 mil habitantes se realizan dentro del recinto portuario, o relacionados a actividades del mar. Sin embargo, donde se puede ver todo el movimiento y el espíritu de pueblo costero es en las pescaderías. Ese es el lugar en que se reúnen los más variopintos personajes, que venden desde congrios hasta gafas plásticas. Es el mismo lugar que dos o tres veces al año es centro de la noticia porque decenas de personas se intoxican comiendo mariscos en mal estado o con problemas de manipulación. Es el Mercado de Productos del Mar de San Antonio que conjuga singulares miembros estables, con delincuencia y deficientes sistemas higiénicos.


Zarpa el primer caso

“No salimos antes porque no tiene sentido”, dice Juan. “Es tan re poco lo que pescamos que mejor dormir otro ratito”, agrega Feliciano, compañero de Juan en la labor de pescar reinetas durante la jornada. El fin de semana la venta es mayor que los días normales, de un 30 por ciento adicional, según dicen las mujeres que venden en los locales comerciales del sector. Aún así, unos cincuenta hombres se mueven por entre botes, redes y carnadas, mientras el sol aún no alumbra con fuerza.

Juan y Feliciano se suben al bote 46. La pequeña embarcación se mueve con descontrol, pero ellos parecen no inmutarse. Se sientan en un gastado madero pintado de rojo. Ambos ríen mientras fuman un cigarro y gritan bromas a otros pescadores; que como ellos, se disponen a salir mar adentro. De pronto, un tercer hombre llega al bote. Su nombre es Patricio. Tiene 19 años y desde tres que trabaja como pescador. Apretón de manos con sus dos compañeros, postura de botas para el agua y ya está listo para partir. Feliciano enciende el motor del bote, lo deja funcionando durante un minuto para después partir a gran velocidad.

Gran cantidad de jóvenes trabajan en la pesca artesanal. De hecho, el 32% de los hombres de mar tienen entre 18 y 23 años. El principal motivo es la falta de oportunidades y la cesantía. Patricio no es el único de su edad que trabaja en la pesca artesanal. Según la CONAPACH –Confederación Nacional de Pescadores Artesanales de Chile- un 32% de los hombres de mar tiene entre 18 y 23 años. Jesús Fernández Montero, presidente del sindicato de pescadores San Pedro de San Antonio, dice que la mayoría de los jóvenes que trabajan en la pesca lo hacen porque no han encontrado trabajo en otras áreas. Buena parte de ellos no tienen familiares que sean pescadores, pero por necesidad, iniciaron su vida laboral en el riesgoso y difícil mundo de la pesca artesanal.

Limpio y dispuesto

Los botes salieron. Son como una expedición de vikingos que parten en busca de nuevos mundos, salvo que estos pescadores sólo descubren que cada día los peces están más esquivos. Son las 6:50 y los botes no están. Sólo se divisan las tres embarcaciones con remos, que han avanzan lento hacia mar adentro.

Cuando todo parece estar en calma por la partida de los pescadores, llega una decena de mujeres vestidas con delantales multicolores y botas plásticas. Algunas cargan baldes, mangueras y botellas con desinfectante. Sin alertarse por manchar a otros, lanzan cloro por todos lados y comienzan a fregar con paños y escobas. Tienen normativas por cumplir que son reglamentadas por el SSVA (Sistema de Salud Valparaíso-San Antonio). Se les exige medidas que garanticen mostradores de mercadería limpios y desinfectados.

Ximena Díaz grita a su hija: “¡Panchita tráigame los ganchos!” Ella y su hija Francisca (23 años) trabajan como encarnadoras, es decir, son las que preparan la red con carnadas para que los peces piquen. “Esto no es difícil, pero deja las manos muy re malas”, advierte Ximena. Mientras toma un tebo –diminuto pescado que es utilizado como carnada- con la otra mano alza una taza con café para llevarla hasta su boca. La deja junto a ciento de otros tebos, los que revuelve para que las moscas no los invadan. Con la misma mano retira el pelo que se le cae sobre el rostro y comienza a cantar al ritmo de lo que transmite una radioemisora local.
Las mujeres de los pescadores tienen variadas funciones en la pescadería. La mayoría se encarga de vender los productos, aunque eso no significa que sea una labor exclusivamente femenina. Sin embargo, de 50 locales comerciales que hay en el mercado, 36 son atendidos por mujeres.

Son las 7:30 de la mañana. De pronto, todas las mujeres –y también los hombres- que estaban limpiando sus locales comerciales y el pavimento de las pescaderías, corren para ponerse tras el mostrador de la tienda en que trabajan. Un supervisor se acerca y le pregunta a un hombre si los 50 locales comerciales abrirán. Recibe respuesta afirmativa. Luego se dirige puesto por puesto chequeando si todo está listo para que los mariscos y pescados sean exhibidos a los compradores.

En cinco minutos se retira. Todos vuelven a encender las radios y siguen tomando café para mitigar el frío que aún fustiga. Suena el faro. Todos comentan que la neblina está espesa. Ximena se persigna a modo de ritual para pedir que su esposo tenga buen retorno dentro de algunas horas. La neblina es uno de los enemigos de los pescadores, porque no les permite ubicarse mar adentro, por lo que pueden desviarse de los lugares aptos para pescar.

El faro da su alerta durante media hora. Durante esos treinta minutos todos comentan sobre la niebla y la tensión es evidente.

Una bandada de pelícanos grita desde el techo de las pescaderías. Todos levantan sus miradas porque el sonido es muy fuerte y causa expectación. Las gaviotas cruzan el cielo, pero no emiten sonidos. Un gran problema para el Mercado de Productos del Mar de San Antonio es la sobrepoblación de aves en sus cercanías. A pesar de que estas aves son comunes en caletas, puertos, embarcaderos y pescaderías, en San Antonio son una gran complicación. Según José Luís Brito, del Museo de Ciencias Naturales de la ciudad, la gran cantidad de aves en el sector se debe fundamentalmente al buen clima: “Las aves que están en la caleta, principalmente los pelícanos, son de clima templado por lo que disfrutan la zona central. A esto se suma que son muy flojos, y como en la caleta les dan restos de pescados, consideran que el lugar es un paraíso”.

Peligro: zona de estafas


Los mariscos que se venden en San Antonio no son capturados frente a las costas del puerto. Esto se debe a la explotación indiscriminada de los recursos, dejando al medio ambiente dañado, y a los humanos… sin comida. Son las 8:45 de la mañana y llega una camioneta con el tubo de escape roto. Toca la bocina mientras los vendedores se acercan. Hablan con el conductor y rápidamente se retiran a buscar cajas repletas de pescados y algunos mariscos. Luego de cargar el vehículo con quince cajas repletas de pescados, el chofer les paga en efectivo y cierra la puerta.

Cuando el vehículo se retira del lugar, un hombre le grita a uno de los que acaban de tratar con el conductor de la camioneta: “Erí’ entero pajarón, si sabí que ese gallo es entero estafador oh”. Quien gritó es Manuel Orozco, más conocido como “El Laucha”, porque es chico, moreno y peludo. Manuel es un pescador de 40 años que desde pequeño está relacionado a las pescaderías. Dice que el chofer de la camioneta es dueño de un restaurante de la zona, y que cada vez que se hace de amigos en la pescadería, los estafa.

Las estafas son tema común en la pescadería. Durante el último año, cuatro pescadores han caído presos por estafa. Todos por firmar cheques, por ser cómplices de fraudes o por pedir créditos que nunca pagaron.

El “laucha” también estuvo preso. Aclara que fue víctima de uno de esos estafadores y que nadie lo ayudó. “Me dejaron sólo y uno como es pobre no tiene quién lo defienda”, menciona. Por eso sigue retando a su amigo por relacionarse con el dueño del restaurante: “Ese loco es malo, no te metai’ con él”.

Ya son las 9 de la mañana y todos conversan. Una señora canta canciones de Marco Antonio Solís y su hijo la mira hacia arriba mientras juega con las patas de un pulpo que cuelga de un gancho. Casi 30 minutos sin novedades. Las radios entremezclan sus sonidos y los pelícanos continúan sus gritos, pero menos bruscos y más esporádicos que hace algunos minutos.


Pescaditos voladores


Al rato, pasa una adolescente despeinada. Lleva un cajón repleto con restos de pescados. El olor es pestilente, pero la joven no parece molestarse. Pasa por todos los puestos y los locatarios vacían en el cajón una bolsa con pedazos de ojos, colas, cueros y agallas de reinetas, congrios y blanquillos. La niña hace el recorrido por cerca de una veintena de locales. Cuando el cajón se repleta, lo deja en suelo, se peina los mechones más rebeldes y vuelve a levantar los casi 20 kilos de restos de pescados. Camina diez metros y comienza a gritar. Llama a Malú y Tobías, una pareja de lobos marinos que vive entre las rocas que rodean a la pescadería y el embarcadero. Luego de dos minutos de gritos sin control, las dos enormes bestias se acercan a un metro de la joven. Ella empieza a lanzarles trozos de pescados y ríe de los gigantes marinos que mueven sus cabezas para alcanzar los ahora peces voladores. También sonríe y chilla por el centenar de pelícanos que se acercan a los peludos animales por si logran atrapar un trozo de alimento.
La niña se llama Teresita. Tiene 13 años pero representa 17. Su madre, una vendedora de locos y centolla –traídos ilegalmente desde Puerto Williams- dice que su hija es enferma: “La Teresita es una niña buena. No sabe del mundo y por eso siempre está conmigo. Anda toda cochina porque juega con las basuras, pero yo la quiero igual”, dice con los ojos enrojecidos mientras ordena unos frascos plásticos.

Cuando se acaban los trozos de pescado, Teresita sale corriendo y se pierde. Su mamá no parece inmutarse. La vida en la pescadería fluye con normalidad, al menos así queda de manifiesto con lo hecho por Teresita.

Sigue pasando la hora. Llegan turistas que caminan por entre los pocos productos en exhibición. Los de origen extranjero toman fotos a cada rincón, mientras que los nacionales caminan con confianza, pero de igual forma miran todo. También llegó el vendedor de diarios, que pregona su oferta: “Las Últimas Noticias, El Mercurio, Líder”. Éste último es el diario local de San Antonio. La mayoría de los negocios tienen montones de “Líder” para envolver el pescado, aunque prefieren “El Mercurio”, porque es más grande y “No se rompe tan fácil con el agua”, enfatiza con propiedad una vendedora.

Llegan familias que pasean. Algunos compran mariscos, principalmente machas, almejas y choritos. En el Mercado de productos del mar de San Antonio, el 30% de lo vendido corresponde a mariscos, pero sólo un 2% corresponde a moluscos y bivalvos extraídos frente a las costas del puerto. Esto se debe a que la zona no se caracteriza por ser fecunda en este tipo de especies, sumado al dramático deterioro de este tipo de fauna. Jesús Fernández Montero, presidente del Sindicato de Pescadores de San Antonio, explica que esta situación agravó aún más el actual panorama económico del sector pecuario sanantonino: “los peces se fueron, o se acabaron, lo que hace que los sistemas marinos no funcionen y no se den las condiciones para que los mariscos crezcan adecuadamente”. Casi la totalidad de estos productos, que se mercadean en este terminal pesquero, provienen de la Región de Los Lagos, específicamente de las ciudades de Puerto Montt y Castro.


Llegan los hombres

Los vendedores siguen cantando y conversando. De pronto, comienza a sonar una campana. Es un ruido que asemeja la llegada de Santa Claus, pero en la pescadería equivale a la llegada de los primeros botes.

Diez embarcaciones llegan al muelle. Unos treinta nuevos hombres aparecen de la nada y a torso desnudo, comienzan a bajar las escasas cajas con pescados que los hombres de mar lograron capturar.

“Los barcos factorías pescan todo mar adentro, y los peces no alcanzan a llegar al sector que nos tienen asignado, y los que llegan, son pequeños y tenemos que devolverlos al mar”, dice Feliciano, el mismo pescador que en la madrugada zarpó en busca de peces, y que ahora llega sucio, sudoroso, con el pelo desordenado y un olor que mezcla sal, cigarrillos y pescado.

La pesca ha disminuido al menos un 25% en los últimos dos años. Según cifras de la CONAPACH, esta situación provocó un incremento de un 4% en la cesantía de los pescadores; pasando de un 7.5% a 11.5% a nivel nacional. San Antonio no está lejano a estas cifras, porque muchos están sin trabajo.

A luca el kilo caserita”

Los pescados están en cajas sobre el muelle. La mitad de esas cajas son enviadas a contenedores y frigoríficos cercanos a las pescaderías, para en la noche ser despachadas a Santiago y Rancagua. Las mujeres comienzan a ordenar en cuelgas los peces y los ponen en hileras.

“¿A cuánto la reineta?, pregunta una clienta. “A luca el kilo caserita”, responde Rosa Luco, vendedora del local “La Sirenita”. Dos peces de plateada piel y ojos idos pasan a una bandeja de metal. Un afilado cuchillo en las manos de Rosa comienza a desollar al resbaloso animal. Saltan trozos de piel de pescado por todos lados, mientras la cabeza cae a un basurero como recién cortada por una guillotina de la Revolución Francesa.

“Ya casera, filetiaíto su almuerzo”, dice Rosa a la clienta, mientras ésta paga con un billete; el que Rosa recibe a mano desnuda. No lleva guantes plásticos para procurar limpieza. A pesar de todas las medidas de limpieza hechas en la mañana, olvida premisas fundamentales: lavar sus manos luego de recibir dinero. Cuando se va la clienta, Rosa grita ofreciendo sus productos. De inmediato, una segunda mujer consulta por el precio del congrio, y Rosa comienza el ritual de desarmar el pescado. “Del mar a la olla” es el agradecimiento que da la locataria a su segunda compradora en menos de dos minutos.


¡Seguro, seguro, seguro!


Quedan veinte minutos para el mediodía. Las ventas comienzan a aumentar porque queda poco para la hora de almuerzo. La cantidad de personas en el lugar aumentó un 100 por ciento. A veces cuesta caminar entre turistas, compradores, curiosos, vendedores ambulantes o mozos que invitan a restaurantes cercanos. Hay 7 restaurantes en una hectárea y media. El flujo de personas aumenta mientras pasa la hora; y la sensación de inseguridad cada minuto es mayor.

Gabriela Urzúa, carabinera de la Comisaría de San Antonio dice que las pescaderías son el sector más riesgoso del centro de la ciudad. “Anda mucha gente, y sobre todo delincuentes que aprovechan la ocasión para asaltar a los turistas y compradores”.

De lejos suena la sirena del cuartel de Bomberos. La tradición de 40 años continúa: la 2° Compañía de Bomberos de San Antonio, ubicada a 800 metros de la zona de las pescaderías, da la alerta de que es mediodía en Chile continental. Dos minutos después del sonido que invadió todo, llega una patrulla de carabineros. La brillante moto verde contrasta con la suciedad del piso –ya inmundo por la muchedumbre que transita y bota papeles-, mientras las personas miran a los uniformados y la tranquilidad se apodera del lugar durante un momento.
“Quedan puros pescados feos”

Media hora después, llega una celebridad. O al menos así lo define la encarnadota Ximena Díaz. El candidato independiente al parlamento, Sergio Velasco de la Cerda, famoso por su propaganda ¡Trabajo, trabajo, trabajo!, comienza a saludar a todos los locatarios, a pesar de haber perdido en las elecciones del día 11 de diciembre.

Los locatarios lo saludan cortésmente, pero no desesperan. En diez minutos el político se retira, pasando a ser sólo un fugaz hecho entre los tantos que han ocurrido en la pescadería.

Dos pescadores, bañados luego de llegar de alta mar, invitaban a los transeúntes a jugar “Pepito paga doble”. En pocos segundos, quince hombres y tres mujeres hacen un círculo alrededor de los dos sujetos. Los carabineros que aún rondan el lugar, reprenden a los hombres. Les dicen que no pueden hacer juegos en la vía pública, y menos si apuestan dinero.

“Yapue’ mi cabo, no se enoje”, dice al carabinero uno de los pescadores. No reciben respuesta del policía. Estos últimos los miran, sonríen y continúan caminando. Todo quedó en una sutil sugerencia.

Los 30 hombres que aparecieron para subir los cajones con pescados, ya no están. Algunas mujeres siguen cantando. Los apostadores están en el tercer juego, mientras los carabineros prueban un cebiche hecho por la misma señora Rosa; la que se pagó y no lavó sus manos para pelar el pescado. Los clientes buscan el mejor espécimen para llevar a casa, mientras Teresita, la niña que alimentó a los lobos marinos, retorna a la pescadería. Corre acelerada, con un gato pequeño entre los brazos. Le dice a su mamá que se llama Pipo. Lo pone sobre el mostrador junto a los peces. Su madre no dice nada, mientras a cinco metros el carabinero saborea el cebiche… Es otro día normal en la pescadería de San Antonio. Lo único diferente, es que la neblina comienza a retirarse y el sol promete alumbrar la ciudad durante el resto de la tarde.


8 comments:

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