Saturday, December 10, 2005

Desde que abrí mis ojos

Una mañana cualquiera

Desde que abrí mis ojos

Por Fernando Olmos Galleguillos


Antes de pensar poner mi pie izquierdo en el suelo, la cama me invita a quedarme junto a ella. Me dice que no la deje porque me quiere. Me promete regocijo, placer e incondicional apoyo. Me recuerda que su aroma a detergente, ese que compro especialmente para las sábanas y toallas, estará conmigo por siempre, si le soy fiel. La rechazo, la desprecio y me alejo vilmente. Camino un metro y la escucho rezongar. El cojín azul, que siempre está sobre ella, cae y voltea la botella con Coca-Cola desvanecida que dejé junto al velador. Pobre cama, la dejé ahí, solita… pero lo merece porque es mala; trata de engañarme y evita que haga mi vida.

Después de ese repentino, valiente y por qué no, bravío acto de dejar atrás a mi amada cama, comienzan a caer litros y más litros de agua sobre mi cabeza. Es la primera ducha del día. La primera de tres que me doy como mínimo durante cada jornada del sofocante verano santiaguino que no quisiera vivir. Las altas temperaturas de cada verano no son sencillas de llevar. El calor que sobrepasa los 30 grados Celsius no debe ser la mejor bienvenida para un turista que aterriza en Santiago, pero es la maldición de los que sudan todos los días hasta que comienza el otoño.

Ya dentro de la ducha pienso en lo genial que es tener la posibilidad de bañarse todos los días. Me maldigo y pienso en los que no lo pueden hacer en un lugar cómodo y con un mínimo de privacidad. Pero justo en ese momento, cae mi champú. Lo compré ayer y se fue todo por el desagüe. Mi despiste me traiciona y ahora no tengo con qué lavarme el pelo. Al menos las cañerías quedarán suaves, brillantes y sin caspa. Me sigo bañando hasta que me percato que la hora ha pasado. Quince minutos de agua, vapor y falta de champú son demasiado.

Terminé de bañarme. Salgo de la ducha y me miro en el espejo. Los resabios de adolescente quedan en evidencia: dos espinillas adornan mi rostro como si fuera árbol navideño, feliz sólo porque llegó diciembre y le toca trabajar. El 70% de los adolescentes deben lidiar con ellas, pero a pesar de los seis años en que ya son mis visitas frecuentes, pienso en cómo echarlas. Caigo en la tentación prohibida por mi dermatólogo: las aprieto. Corro el riesgo de cicatrices y de incrementar mi porfía que ya roza niveles críticos.

Al igual como dejé atrás la cama, dejo a las espinillas para después. Aún mojado, y con la toalla alrededor de mi cintura, prendo la radio. Olvido que puedo morir electrocutado. Para variar, el sonido estaba al máximo y me asusto cuando el locutor comienza gritando los titulares…

“Bachelet invita a la primera dama argentina para el fin de su campaña”. No quiero oír ese tipo de noticias. Cambio el dial. Primero, una cumbia; la sigue un merengue para terminar con un horóscopo que ya no me sirve porque van en sagitario y yo soy cáncer. Prendo la televisión y repiten lo mismo: “Bachelet desmiente que necesite madrinas....” y “Piñera rechaza la presencia de la señora Kirchner”. No soporto más de lo mismo, y decido seguir en lo que estaba: vistiéndome tranquilo como cualquier mortal.

Tomo algunas ropas, las proceso, las miro, las arrugo y las vuelvo a guardar en otro lugar. Eran las equivocadas. Al final las vuelvo a tomar y las visto. Luego calzo mis zapatillas, me vuelvo a mirar. Cuando salgo del baño observo de soslayo a la cama que yace deshecha. El remordimiento me acongoja el alma y la cuido, la mimo unos segundos para que en 18 horas me reciba nuevamente.

El desayuno lleva prisa, como siempre, pero lo tomo. No quiero ser como la mitad de los chilenos que salen de su casa sin un buen desayuno, ya sea porque no tienen cómo prepararse o por flojera. Yo me lo puedo hacer y tengo el tiempo, así que me dispongo a saborear la primera comida del día. Un té con leche, medio pan con queso fresco y tres mordiscos a una manzana fuji, pasan por mi garganta con la intención de ser útiles. Desconocen que a media mañana serán un recuerdo fugaz, que no servirá para evitar que compre un paquete de golosinas en el quiosco de la universidad.

Bajo los 36 peldaños de las escaleras que me separan de tierra firme. Abro la puerta y doy seis pasos cuando me topo con un compañero que va rumbo a clases. Intercambiamos un apretón de manos y me dice: “¿y por quién vai’ a votar?”. Casi colapso. El tema que más ronda por los diarios, la radio y la televisión no es el mejor inicio para comenzar otro día. Su pregunta me molesta un poco, pero le respondo muy cordialmente, tal cual respondería un ministro de Estado: el voto es secreto.

Cómo se percata de mi molestia, me ignora y caminamos en silencio. Durante una cuadra mantengo mi boca cerrada, y voilá… La universidad en su cuasi esplendor. No es la universidad más fea del mundo, pero tiene carencias. Los muros están rotos, mal pintados y las veredas que la circundan tienen más hoyos que tramos buenos. A pesar de eso, agradezco vivir junto al lugar donde estudio. Mi compañero se desvía rumbo a la biblioteca. Yo continúo mi camino al salón, saludo a algunos amigos para después sentarme.

Ya cómodo, con la mochila en el suelo y mi polerón sobre la silla, enciendo un computador. Reviso el correo electrónico y ahí están: los boletines para periodistas de Michelle Bachelet y de Joaquín Lavín. Los leo con todo el amor del mundo, para después seleccionarlos y apretar sin mesura el botón eliminar.

De pronto, llega la maestra y lee dos crónicas a la clase. Ambas mil veces mejor que ésta, pero que me mueven a intentar escribir con más ingenio y menos ilusión.

La profesora pide escribir una crónica sobre nuestro día. Es un ejercicio en clases. Comienzo a teclear y en un momento me fijo en la hora…quedan pocos minutos para que termine la clase y para que deba terminar la historia. Sé que debe finalizar con un punto, pero me propongo desarrollarla durante el día, para que dentro de 18 horas esté tan cansado que necesite dormir; es ahí cuando sólo habrá una feliz ganadora en mi política, la que me recibirá amable y cálida: mi cama.

Pasaron las 18 horas, y me acuesto. Pasan otras siete cuando abro mis ojos y comienza un nuevo día. Recuerdo que debí finalizar la historia… Ahora si agrego lo que faltaba: un punto final •.

1 comment:

ameba said...

Lo malo es qe casi todos los días es lo mismo. Al menos a mis días no les veo diferencia alguna, la cama llamándote, la ducha, la radio, el desayuno qe no tomo, la misma gente, la misma gente....

Una suerte inmensa al vivir cerca de tu U ... tomar micro es lo peor del día a día.

Salu2 :)