Sunday, November 05, 2006

El sueño islandés

Buscando información sobre la caza de ballenas en Islandia, encontré esta columna que les reproduzco. Fue escrita por un periodista venezolando en Todo en Domingo, del diario El Nacional. Venezuela).

La vida sigue: Islandia

Nadie decide dónde nace, ni dónde se cría. La cigüeña borracha de las comiquitas nos deja caer en lugares que a veces nos gustan, pero a veces no.A Matías, por ejemplo, no le gusta el que le tocó a él. Tiene 14 años y sabe que no puede escapar, al menos no todavía. Sabe también, con plena certidumbre, que detesta los gordos que se llenan de arena en la playa, los letreros que bautizan a las busetas en el vidrio de atrás, la gente que va a ver un drama en el cine y se ríe de cualquier cosa, los trencitos en los matrimonios, que una extraña le pregunte “¿estás bravo?”, los policías con cara de malos, los taxistas que le cuentan su vida, los tipos que se atraviesan en las puertas de los vagones del Metro, las viejas que viven en Miami y se reúnen a hablar en spanglish en los cafés del este mientras piden indefectiblemente un “carpachito” o una “César de pollo” ahogada en mayonesa, el reguetón, la incapacidad colectiva para respetar un semáforo, los que aplauden mientras se ríen y los que hablan a gritos.
La relación de Matías con su entorno ya iba bastante mal cuando al gobierno de su país se le ocurrió decidir por los ciudadanos qué música debían escuchar por la radio. Matías abandonó la radio, al tiempo que iba haciéndose más solitario y silencioso. En el liceo se negaba a cantar los himnos y decía, cada vez que podía, que la bandera idolatrada le resultaba chillona y ridícula. No sentía que nadie pudiera comprenderlo. Su padre no lo escuchaba; su madre lo trataba como un bebé, según le parecía. Sólo alcanzaba algún consuelo en los escasos encuentros con su prima Sonia, de cabello violeta y piercing en la nariz. Fue ella quien leía, en un libro de un tal Eugenio Montejo, un poema que le mostró a Matías. Se llamaba Islandia. “¿Habrá algo más fatal –decía- que este deseo / de irme a Islandia a recitar sus sagas / de recorrer sus nieblas? / Es este sol de mi país / que tanto quema / el que me hace soñar con sus inviernos”.
Matías no tenía idea quién era Eugenio Montejo pero le gustó lo que decía. Le preguntó a Sonia cómo era Islandia. “No sé”, dijo ella, “pero a mí me mata una cantante que es de allá: Björk. Es burda de fumada, no sé si tú puedes con eso”. “Déjame oírla”, le pidió Matías. Sonia colocó un CD en su discman y le pasó los audífonos. Matías escuchó una voz de hada de rarísimo acento, como si masticara dados de hielo. Un arpa como de cristal seguía su voz, fina y potente, irresistible.
En las semanas siguientes, Matías buscó en Internet todo lo que pudo sobre Björk e Islandia. Sonia le quemó varios de sus discos y un amigo de ella le fotocopió traducciones de las antiguas sagas vikingas que fascinaban a Borges. Matías contaba a su prima que en la remota isla del Atlántico norte todos creían en fantasmas y comían carne de ballena, que había 200 volcanes activos, que las cosas eran muy caras pero casi no había pobreza ni delincuencia. Sus padres decían que ese muchacho estaba cada vez más loco; Sonia les sugería en vano que lo dejaran en paz. Matías se encerraba en su cuarto a ver por horas fotos del país con que soñaba porque no parecía tener nada en común con el suyo. En los audífonos oía una y otra vez un tema reciente de Björk en el que ella cantaba en islandés. Él no podía saber qué decía, pero esa lengua misteriosa lo acercaba más a los glaciares azules y las montañas de musgo.
Así termina el poema de Montejo: “Nunca iré a Islandia. Está muy lejos. / A muchos grados bajo cero. / Voy a plegar el mapa para acercarla. / Voy a cubrir sus fjordos con bosques de palmeras”. Matías se rebeló. Él no se resignaría. Una tarde consiguió un pequeño trabajo, el primero de su vida; a la mañana siguiente pidió plata prestada a su padre para abrir una cuenta de ahorros. Algún día tendría suficiente control sobre su vida para decidir, por sí mismo, adónde quería pertenecer. Algún día caminaría sobre los líquenes de Seydhisfjördur y miraría desde los acantilados las luces del norte.

2 comments:

Nicolás said...

Me encanto. ja

Anonymous said...

Todavía tengo la página de revista arrancada del día en que salió.
De verdad, describió al pie todo lo que sentía. Durante los minutos que duró la lectura, yo era Matías atrapada en mi mundo, que no tenía nada que ver con el que soñaba.
Excelente artículo del inigualable Rafael Osío Cabrices
Nia