Sunday, September 25, 2005

Globalización desde el Báltico


Países Bálticos y su relación con la Europa actual y el mundo



Islandia
Noruega
Suecia
Finlandia
Dinamarca
Alemania
Polonia
Rusia
Lituania
Latvia
Estonia

La región cuenta con una gran cantidad de población repartida fundamentalmente en tres países –Rusia, Alemania y Polonia-. El resto está en países más pequeños, especialmente en los tres del Báltico, como se les llama comúnmente, que son Estonia, Lituania y Latvia. Tres países con un pasado común desde su integración como células en los inicios de la Historia Europea y con tiempos simultáneos en la historia reciente del continente.
Tanto Latvia, como Lituania y Estonia tienen una población emparentada con los asiáticos y los lapones provenientes de la zona norte de Finlandia y Suecia. Como países corredor terrestre entre la Escandinavia y la Europa Central tienen una gran mezcla etnográfica y social en sus componentes de población y cultura, lo que se evidencia principalmente en las complejidades propias de sus idiomas respectivos: el latvio, el lituano y estonés u estonio, respectivamente. Todos idiomas translingüísticos producto de las mezclas celtas del sur, nórdicos de la Laponia, vikingos de la Escandinavia naviera y los aportes asiáticos del norte por los rusos colonizadores durante decenas de ocasiones.
Estonia está cargada por la herencia de ocupaciones desde los tiempos de la Edad Media por Dinamarca, Polonia, Rusia y Alemania. Lituania y Latvia comparten las mismas ocupaciones perdiendo y retomando en sucesivas ocasiones la independencia, regulándose los tres nuevos países finalmente en 1991 cuando se les reconoció la Independencia de la URSS luego de décadas de ocupación después de la Segunda Guerra Mundial.
Es ese el punto que las marcó a estas tres naciones hermanas como bastiones de apoyo del soviet anti-americano y las deja aun en la mirada internacional como posibles traidoras o reformadas células socialistas a una versión de país moderno occidental.
Su compenetración con Rusia les juega en contra en varios temas. Aún mantienen una fuerte cercanía –que se suma a la fronteriza- con los pueblos de ese país, especialmente Lituania que limita con Rusia en dos sectores: La Gran Rusia Europea-Asiática por el este y en el sur-oeste con el núcleo disperso de Rusia con capital Kaliningrado. Aparte de su economía compartida en intereses agrícolas con Bielorrusia, otro puente entre el mundo euroasiático y los occidentales americanistas o más bien europeístas de economías abiertas.
El Báltico tiene potenciales de todo tipo: económico, social, cultural y medioambiental, a pesar de ser una de las zonas anunciadas de inundaciones y desastres climáticos más severos ante un inminente cambio climático global dentro de los próximos siglos. La remota Islandia en conjunto con el trío Escandinavo, más Dinamarca, Alemania y Polonia han superado con creces sus diferencias políticas y se han unido en la Baltic 21, y en el Council of the Baltic Sea States (Concilio de los estados del Mar Báltico), que son instituciones para la cooperación y trabajo en pos del crecimiento conjunto de las naciones miembros, que aún tienen el problema de que no todas pertenecen a la Unión Europea, y es ahí dónde se gestan los principales temores –ya poco fundados- en Alemania, Polonia, Lituania, Estonia y Latvia.
Para ser miembro de la Unión Europea, los países deben demostrar ser competentes en manejo sustentable de sus situaciones políticas y económicas. Alemania supera con creces la tarea ante su espectacular reconstrucción luego de la II Guerra y su reintegración como gran potencia después de su unión entre Alemania Este y Oeste. Sin embargo, Polonia, Lituania, Latvia y Estonia presentan vaivenes en sus economías y sobretodo inestabilidades en su reconstrucción posterior a la escatológica debacle en Europa, y fundamentalmente para los tres últimos por sus recientes independencias de una gran potencia: Rusia.
Ese es el talón de Aquiles para estas tres naciones que ven con dificultad su integración al mundo occidental. Al menos dos siglos de toda su historia han estado bajo dominio soviético –o dicho más occidentalmente, ruso- lo que visto desde una perspectiva actual es visto como un mero dato, pero en la fase directamente posterior al término de la Guerra Fría fue visto como un peligro de rearme y de potenciales subconstructores de lo que fue la URSS. Especialmente Lituania, por lo antes mencionado, era tomada como la nación báltica crítica.
El precio pagado por haber sido ex naciones de la órbita soviética fue la lentitud del proceso de acreditación para formar parte de la Unión Europea, pasando a conformarla como miembro de plenos derechos recién en el año 2004, al igual que Polonia y algunos países mediterráneos con soluciones recientes a sus conflictos internos.
El pasado 8 de mayo los países del "viejo continente" y los Estados Unidos celebrabaron el 60 aniversario de la victoria contra la Alemania nazista y los países que fueron fieles a este pensamiento impulsado por la nación germana. El presidente norteamericano George W. Bush donó flores en el camposanto de Margraten, en los Países Bajos, donde reposan miles de soldados norteamericanos caídos en la Segunda Guerra Mundial. Al mismo tiempo, el primer ministro de uno de los países de la "nueva Europa" (según la terminología extraída de las palabras de Donald Rumsfeld), también hacía una ofrenda floral, pero, a diferencia de George Bush, Andrus Ansip homenajeaba a los partidarios del nacional-socialismo extremo depositando flores en las tumbas de los soldados germanos y estonios –no olvidar a los reductos checos y búlgaros- que durante la guerra habían formado parte de las unidades de grupos extremistas aliados a la Alemania.
Este insólito suceso se inscribe dentro de la larga y ruidosa polémica que se ha desarrollado en la prensa de los países bálticos durante los últimos meses y que ahora ha llegado a los medios informativos del oeste europeo, de manera curiosa ante la poca presencia en las relaciones político-diplomáticas de estos tres pequeños estados. Uno tras otro, los presidentes de Lituania, Estonia y Latvia (aunque a última hora la presidenta latvia cambió de parecer) rechazaban la invitación de Vladímir Putin a las celebraciones de la victoria en Moscú, alegando que el triunfo de las tropas soviéticas sobre el fascismo dio lugar a la ocupación de sus países y al consiguiente martirio de sus respectivos pueblos por la tiranía comunista. Esto fundamentalmente por intereses económicos y progresistas actuales, ya que apoyar o recordar desde el lado ruso los acontecimientos los alejaría del todopoderoso Estados Unidos y de los países de la Europa Central más heridos luego de la Segunda Guerra y por el clima de tensión durante las décadas de la Guerra Fría en la que ellos a pesar de gozar autonomía relativa, eran parte del imperio soviético.
Una y otra vez, los políticos y los periodistas bálticos han repetido la misma interpretación de los acontecimientos de aquella terrible guerra: las tropas anglo-americanas liberaron a los países del oeste europeo, mientras en el Este los tanques "rusos" aplastaban la libertad de los pueblos. Los norteamericanos luchaban contra los opresores alemanes, pero los soviéticos combatían a los defensores de la democracia y la independencia nacional asociados con el ejército alemán. Hemos podido ver en la BBC y otras cadenas europeas entrevistas en las que veteranos de las Waffen-SS latvias y estonias negaban tener motivo alguno de arrepentimiento. Asimismo, hemos visto cómo en Estonia se levantaban monumentos a estos peculiares luchadores por la democracia y la libertad nacional, mientras que en Latvia hace pocas semanas tenía lugar una manifestación de veteranos del ejército nazi. En Lituania, un joven político llegó al punto de declarar que los judíos, exterminados durante la guerra por las SS, eran enemigos alevosos de la raza europea. ¿Alejamiento de lo “políticamente correcto en el contexto europeo” o la inherente acción de la herencia soviética?
"El pasado es imprevisible", se decía en broma en la antigua Unión Soviética, y ahora parece que los propagandistas de las repúblicas bálticas están dispuestos a continuar la tradición estalinista de revisar la historia. Sin embargo, la nueva versión de la historia de la Segunda Guerra Mundial que promueven los gobiernos bálticos se basa en ciertas premisas que merecen ser examinadas. En primer lugar, la más trágica de las contiendas que ha vivido la humanidad es presentada como la lucha entre dos fuerzas eternas: el Occidente democrático, que tiene en veremos a esos tres títeres bálticos en la zona del Este cercano a la Rusia aún reticente. En segundo lugar se da por sentada la continuidad histórica y política entre la extinta Unión Soviética y la actual trilogía nacional báltica, porque considerar a Finlandia sería un paso, pero éste país ha mutado tanto a una nación tecnológica-democrática que no cabe dentro del atomismo báltico post-soviético.
La Europa de entreguerras era muy distinta de la actual y sobretodo la Europa Báltica que estaba aún herida por su inconstante estado de pertenencia a un concepto nacional hallándose entonces muy desprestigiado. Los países bálticos no escaparon a la corriente: en ellos se instauraron dictaduras presidenciales en las que se disolvieron los parlamentos y se prohibió la actividad de partidos políticos y asociaciones civiles. La Unión Soviética, por supuesto, sufría también una horrible dictadura.
Tampoco es cierta la impresión que se desea crear de que los pueblos bálticos habían gozado de su independencia política hasta el momento en que las tropas soviéticas atravesaron sus fronteras en 1940. Esta es la visión que fundamentalmente ha tratado de mostrar Estonia a la comunidad internacional, pero que choca con lo propuesto por Latvia y Lituania, que reconocen su indeleble pasado. Con la notable excepción de Lituania, antiguo rival de Rusia, los estados bálticos nunca habían sido independientes antes de 1918. Latvia y Estonia fueron cedidas por Suecia a Rusia en 1721, mientras que Lituania fue anexada al imperio zarista en 1772 como resultado del reparto de Polonia. Por otra parte, la relativa independencia de estos países en 1918 no fue ciertamente producto de su lucha por la liberación, sino consecuencia de la paz, que Rusia firmó separadamente con Alemania en su deseo de abandonar la primera guerra mundial.
En resumen, el discurso báltico actual de conjunto lucha por la unidad de sus pueblos. Al menos ese es el interés del concilio que reúne a todas las naciones que tienen sus costas en el mar del mismo nombre. Sin embargo, tres naciones pertenecientes a ese patrón –Latvia, Estonia y Lituania- aun no calzan completamente en el contexto de integración y discursividad que se espera de los países que son miembros del concilio báltico y, más aun, de la Unión Europea. Ya sea por su legado histórico relacionado palmo a palmo con Rusia (y la ex URSS) o con otros países como Bielorrusia, Ucrania y la sección “Kaliningradista” de Rusia al lado de la frontera lituana, profundamente inmersos en lo que fue la URSS.
La interrelación de las tres naciones del báltico en el contexto político europeo, y por qué no decir internacional ya que no tendrían representación si no fuera por su reciente incorporación a esa comunidad puesto que sólo comercian con esas naciones dejando de lado quizás por su escasa demanda y oferta de productos al resto de las naciones del globo.
Complejas por su historia y aún en definición, Estonia, Latvia y Lituania se muestran todavía como el puente entre Este y Oeste, lo que seguirá causando ronchas en los medios de comunicación occidentales, en los mismos bálticos y principalmente en las naciones más discrepantes con lo que fue la Ex-URSS que las dotó de ideología, cultura y fuentes de interpretación del mundo.

2 comments:

kristian92sammy said...

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waltertaft35040581 said...

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